Poesía barata y pensamientos al azar

Misiva

Ciudad "X", año 18 de mi existencia. 

Estimado residente de la habitación 29,

Me alegra mucho que le haya gustado el libro que le recomendé en la misiva anterior. Espero que su lectura continúe tan placentera como hasta ahora. 

La postal que ha enviado me ha resultado intrigante. No tenía la menor idea que desde su habitación se pudiese ver el mar. Y el contraste entre el color de éste y el del cielo es realmente impactante. Algún día debe decirme exactamente en qué ciudad se encuentra para así poder admirar tal belleza en vivo y en directo. 

El tema que me ha inspirado hoy para escribirle es mi nombre. Sé que usted no sabe cuál es, aunque sospecho que ya lo ha adivinado. Sin embargo, me hace ilusión que lea con devoción (o aburrimiento, lo que prefiera) lo que tengo que decir sobre él. No es tedioso (o eso espero) pero si su deseo es saltarse esta parte, bienvenido sea usted. 

Empezaré diciendo que tengo dos nombres y dos apellidos, como la mayor parte de la población occidental. Y que la combinación de los cuatro no resulta ni fea ni estrafalaria y, ciertamente, hasta suenan bien cuando los pronuncio en voz alta. Porque usted sabe que hay ciertas cosas que suenan mejor en la mente que materializadas en sonido. 

Los nombres de pila no fueron ningún accidente o error del notario. Mi madre y mi padre –debo admitirlo, no sin cierta reticencia- pensaron con claridad ambos. Y aunque el resultado final fue el cuasi-nombre de una actriz muy famosa por allá en los años 90 que hasta cantante resultó siendo no me puedo quejar porque feo no es. 

Mi primer nombre viene de una palabra latina que significa “victorioso” y según entiendo, en la antigua Grecia se coronaba a los ganadores con hojas de laurel y el equivalente en griego es Daphne. Aunque en eslavo se refiere a monasterio. Y supongo que harán referencias a la consagración, la disciplina y todas esas cualidades que, como persona, yo no tengo, por el momento. 

Como dato adicional, déjeme decirle que es título de 22 canciones, el nombre de un planeta menor en el cinturón de asteroides y hay una banda australiana que lo tiene por nombre. Además, es un personaje del libro “El perfume” de Patrick Süskind. Al parecer es bastante común en el mundo. 

Como buenos católicos que son mis padres, el segundo nombre hace referencia a la biblia y literalmente significa “que pertenece a Cristo” aunque esto no lo pueda afirmar de mi misma. 

Lo llevan infinidad de personas, santos y hasta una reina de Suecia. Por lo general es asociado a individuos de “fuerte personalidad, racionales y de gran sentido común[1].” Y eso sí lo puedo aplicar a mi persona. Aunque no es factible creer que por tener tal nombre vas a ser exactamente como lo dice una página de internet. En fin. 

Ambos apellidos son de origen español y, curiosamente, provienen de la provincia Santander al norte de España, más concretamente en Cantabria y se expandieron por las Indias durante la primeras incursiones de Colón al continente. 

Realmente, me harta escribir de mis apellidos puesto que no los considero importantes. Me da igual tenerlos o no o si quienes lo generaron eran unos españoles ricachones que tenían como mil castillos regados por toda la península ibérica. Total, no soy heredera de ninguno de ellos. 

En general, mi nombre no tiene ningún significado especial para mi; tampoco es que desee tener otro o que sueñe con cambiarlo por uno más sofisticado, ni mucho menos. Simplemente, me he acostumbrado a él y es difícil, para mí, verme con uno distinto. Supongo que si me hubiesen bautizado de otra manera pensaría exactamente igual. 

En fin, no deseo aburrirlo más con tanta cháchara vacía. En su lugar, lo invito a que la próxima carta que reciba de usted sea un poco más extensa que la anterior. 

No se le ocurra retribuirme el favor escribiendo de su nombre, es un embrollo todo el asunto y no quiero quedarme dormida a la mitad del escrito. Sugiero que escriba más sobre su encierro voluntario, que tanto me cautiva. 

Reciba usted mis más sinceras consideraciones, quien es suya, la chica de la camisa azul. 
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Foto por Cooper Baumgartner

Mirarme en el espejo ya no tiene la misma gracia, quizás porque ahora cuando lo hago no reconozco a la mujer que me devuelve la mirada con unos ojos que parecen un pozo sin fondo. A esa mujer, esa Laura que no es más que una extraña, no puedo más que verla como un disfraz, una armadura remendada con hilo a punto de ceder. Su boca es la misma pero cuando habla sus palabras no son nada que pueda reconocer de mí misma, de esta versión que no es más que una masa confusa que nunca sabe para dónde ir. La otra Laura tampoco tiene idea de qué hace con su vida, pero siempre camina como si tuviera un propósito. Esa Laura no se ve cómo alguien que hunde la cabeza entre la tierra, aunque si soy sincera cuando otros la miran hace rato que ya se ha secado las lágrimas. A veces odio a esa Laura porque es una mentira que construí con los años. Quisiera borrarla de la existencia, pero me da miedo que lo que quede detrás, yo misma, no sea suficiente para llenar este cuerpo. A veces no sé quién es la verdadera, si ella o yo.



Foto de Allison Oliphant


La tierra cruje bajo el peso de mis pasos. El aire, denso y frío, raspa las paredes de mi pecho con cada inhalación, inundando mi visión con el vaho de cada exhalación. Las lucecitas rompen la monotonía de la oscuridad, como gotas de pintura amarillosa dejadas caer descuidadamente en un fondo oscuro lleno de sombras. Mis manos se mueven intentando agarrarlas pero se pierden, danzando lejos de mí. El murmullo de los grillos se aplaca con el ladrido de un perro, de dos, tres, cuatro, una manada desconocida entre sí que armoniza en el silencio que sólo puede producirse lejos del susurro constante de la ciudad.

Las lucecitas siguen alejándose, acercándose, posándose en mi piel y haciéndome cosquillas, atrapadas en una danza que parece eterna pero que siempre termina, los primeros rayos del sol marcando su muerte, el fin de un viaje corto pero trascendente. 



—Hermano mío, ¡te lo ruego!... No me mates, haré cualquier cosa que me pidas.

Él alzó la espada sobre su cabeza y esperó, un latido, dos. Quería hacerlo, tenía esa necesidad por la venganza en su corazón, junto al dolor por su horrible traición. Su propia hermana, su gemela, su otra mitad, la mujer con la que compartió el vientre, sus alegrías, sus pesares, la que solía saber exactamente lo que pensaba. La que pensaba que era su confidente.

¡Cómo dolía saberse un tonto por depositar su confianza en ella de esa manera! 

Había creído que un secreto como aquel que acomplejaba su alma y la hacía gritar de alegría y de terror podía morir en los labios de ella, en cambio, lo había usado para hacer trizas su corazón. 

Los brazos le temblaron un poco y la espada cayó bajo su propio peso, llegando a tocar la nuca de la mujer por milímetros antes de que recobrara la fuerza y lograra detenerla. Ella sollozó, y un río pequeño de sangre salió de su nuca y bajó por sus clavículas, manchando el cuello de su vestido blanco, tiñéndolo con el precio de la casi tragedia. 

Él tiró la espada a un lado, el sonido del metal reverberando contra la piedra del suelo del castillo, y se arrodilló a su lado mientras ella seguía dejando caer lágrimas en su regazo y se negaba a mirarlo. 

—Dulce hermana…—susurró él, mirándose las manos—. Semejante traición a mí y aun así soy incapaz de matarte. No sé si soy un tonto o si mi alma aun te reconoce como parte mía —él alzó la cabeza y la observó llorar desconsolada—. Escucha esto, mujer, nuestra sangre nos unió desde un principio, pero la que hiciste derramar con tus acciones nos separó. De aquí en adelante, seremos extraños. Partiré del reino y le rogaré a Muran cada día para que te muestre el mismo dolor que me provocaste, para que pierdas, no una, sino varias personas a las que ames. Te lo juro, conocerás la gloria de amar y sentirte amada y la perderás una y otra vez porque yo te maldigo el día de hoy. 

Un trueno retumbó en la distancia y gotas de agua arremetieron con la piedra exterior del castillo mientras el olor a tierra mojada inundaba sus narices. Afuera, el cielo se había transformado de azul vibrante a un gris triste a la par que la tormenta arreciaba. 

El hombre observó una última vez a su hermana, la primera mujer a la que amó y la primera a la que odió, antes de levantarse y darle la espalda. 

—Dile a tu esposo que puede quedarse con mi título de Marqués de Palermo —anunció él, alejándose de todo lo que alguna vez conoció—. Yo ya estoy muerto. 

Trató de negarse a creer que las lágrimas eran por algo más que el luto de haber perdido al primer hombre que había amado, pero lo cierto, era que ese día no sólo había muerto él. 

Del último Marqués de Palermo no se supo nada más después del día que desapareció, el mismo en el que un viajero extranjero que se creía era un concejero de Talamyr, gobernante de Istes, fue colgado en la horca bajo la premisa que era un traidor a la causa de Witerra. 

La Casa de Palermo quedó sin heredero, pues la hermana del Marqués se negó a firmar los Acuerdos de Traspaso, murió muchas lunas después, sin hijos y en completa soledad. 

Dicen que desde ese día, cada vez que hay una tormenta es la respuesta de la Diosa Muran al Marqués y el alma traicionada de un hombre o mujer es vengada.



Photo by Natã Figueiredo on Unsplash
De un lado está tu derecho a expresarte y del otro el de los demás, y en el centro se encuentran todas esas cosas que pueden herir tu moral, tus principios, tu ser y el de los otros. 

Di lo que quieras decir, pero no hagas como si la opinión de los demás no existiera-al igual que la tuya, es válida-y sólo cuando está hiriendo o lastimando lo que eres como persona, deja de ser libertad de expresión y se convierte en cretinismo. 

Las palabras son sólo palabras, es el tono el que las hace poderosas, es el cómo se dice lo que les da significado; destruyen y crean, y el saber usarlas con propiedad y recordando que no vivimos solos es lo que las hace parte de la libertad de expresión y no una herramienta de los cretinos. 

Pensar dos veces antes de hablar nunca debe subestimarse. 




El papel de los comunicadores en los medios de comunicación en Colombia*


Por Valerie H.
*Escrito en mayo de 2016 como trabajo de clase.

Los medios de comunicación en este país no han cambiado mucho con los años, si algo sólo se han degradado más; desde siempre han tenido esa chispita de querer tener el raiting más alto, de vender más, y nunca han dudado en hacer cualquier cosa para lograrlo, inclusive jugar con la (in)sensibilidad de las personas.

Desde muy joven vi noticias. Era el momento en el que podía sentarme con mi familia y compartir algo de tiempo con ellos. Creo que por la edad nunca les di demasiada importancia y no siempre fui consciente de lo que hacían con los espectadores al incitarlos a seguir ciegamente a los grupos económicos y transmitir lo que les convenía, dejando atrás―y muchas veces distorsionando―la verdad.

Desfiles de muertos, atracos, tragedias, futbolistas y el famoso de turno se repiten día a día, es una fórmula infalible para mantener al ciudadano promedio pegado de la pantalla, insultando a políticos y grupos sociales, opinando de situaciones de las que poco o nada saben, para que no presten atención a su alrededor. Mientras sus ojos se ocupan con notas e informes incompletos, que muchas veces no son ciertos, decisiones importantes que pueden afectarlos, son tomadas en otras partes, a puertas cerradas. Los medios de comunicación incitan a las personas que los sintonizan a que consuman basura en vez de hacer parte activa de la sociedad, ocultan información y tergiversan la poca que puede filtrarse.

Se supone que el periodismo sea el ejercicio libre de mantener informadas a todas las personas sobre acontecimientos relevantes y que las afectan directa o indirectamente. Se debe hacer con transparencia y objetividad, sin emitir juicios precipitados o burlas hacia los implicados. El periodismo tiene un papel tan importante en la sociedad que quienes lo ejercen firman, implícitamente, un pacto de ética para no manchar negativamente aquello que están contando. La sociedad se mantiene por medio de la información y quienes hacen parte de ella toman decisiones en base a ésta; que un medio de comunicación tome parte de un grupo político o económico arruina el equilibrio que se ha formado, puesto que estimulan a sus espectadores a obedecer órdenes o alinearse con estos grupos sin saber realmente cuáles son sus propósitos.

Por lo tanto, el verdadero propósito del ejercicio del periodismo es el de contar las cosas tal y como son, con el fin de concebir conciencia sobre las situaciones que narra, para así convertir a los ciudadanos en mejores personas, generando una mejor calidad de vida y educando sobre las posibles consecuencias a las que todo acto mal intencionado conduce.

No en vano lo hemos hablado muchas veces en clase, el periodismo se trata de entretener, informar y educar, sin estos tres pilares nada de lo que se hace tiene sentido y sólo se convierte en un circo destinado a mantener alineadas a las personas, “comiendo cuento”, como se dice vulgarmente, y aprovechándose de ellas para que quienes poseen este país se hagan más y más ricos.

Como comunicadores, periodistas y/o locutores que apenas se están formando, nuestro deber es tratar de cambiar esa fórmula, generar contenidos que valgan la pena y que sean capaces de romper la burbuja en la que millones de colombianos de todas las edades, razas y condiciones sociales se encuentran. Si lográramos, realmente, superar este tropezón en la historia de los medios de comunicación en Colombia, podríamos convertirnos en un país mejor, capaz de brindarle soluciones eficaces a los ciudadanos y de tratarlos como lo que son: personas importantes.

Soy consciente que esto requiere de un movimiento grande, lleno de personas deseosas de cambiar la situación política, económica y social actual de este país y que lograrlo conllevaría un gran compromiso de parte de todos, pero creo que se puede hacer al continuar generando espacios independientes que de verdad tomen en cuenta la opinión de las personas y que se dediquen a la búsqueda de la verdad y todo lo que el conocerla conlleva.

El periodismo en Colombia es dueño de un inmenso poder, su influencia es tan grande que podría ser capaz de paralizar por completo al país. Es nuestro deber utilizar ese don con propósito, ética, transparencia y responsabilidad. Como Stan Lee, creador de Spiderman, alguna vez manifestó en dicho cómic: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. 



Por Kya Hurtado
*Escrito originalmente en agosto del 2013

El cuervo de ojos amarillos grazna posado sobre la copa de un gran árbol mientras las ramas crujen bajo el peso de mis pasos. El aire, denso y frío, raspa las paredes de mi pecho con cada aspiración. A lo lejos, la oscuridad se cierne sobre el vasto cielo, moviéndose como el humo de un cigarrillo, danzando sobre el bosque. El canto de los grillos empieza a la derecha de mi cuerpo. Primero uno, luego otro y otro y otro hasta que es imposible distinguir cuántos son. El sonido crece al mismo tiempo que la oscuridad engulle las cimas de los árboles cercanos a mi posición. Un hormigueo surge desde la punta de los dedos de mis pies, expandiéndose, acompañando el extraño canto de los insectos que cesa justo cuando la oscuridad se divide en dos siluetas con forma de adultos. Ambas, se desplazan por el aire a una velocidad imposible de describir que podría jurar viene junto con un susurro inteligible que aumenta a medida que se acercan a mí. Cerca, están demasiado cerca. No, se estrellarán, ¡NO!

Abro los ojos.

Mierda.

Ha sido un sueño. Un par de parpadeos y descubro que el murmullo inteligible era mi madre anunciado la hora. 4:30 a.m. Es martes y en más o menos una hora debo salir de casa, internarme en las calles de la ciudad y llegar a la universidad para una clase que debería estar prohibida antes de media mañana. 

Peleo con las cobijas intentando liberarme del letargo producido por seis horas de sueño. Inevitablemente, pierdo la batalla. La tentación de cerrar los ojos e inducirme voluntariamente en un sueño ligero es demasiada, incluso para mí. Mi último pensamiento coherente es que la cama está demasiado vacía.

La siguiente vez que despierto es por culpa de la gata que me ha saltado en la cara. Jodida Latika. Me doy la vuelta para tratar de dormir pero es bastante imposible hacerlo con el golpeteo de mi madre recordándome la hora. 5:10 a.m. Reflexiono un par de minutos sobre si debería levantarme o no pero al final decido que lo más conveniente es quitarme las lagañas. Eso o mi mamá vendrá a arrebatarme las cobijas.

Con los ojos entreabiertos y maldiciendo el frío de cojones que hace, camino hasta el baño recitando las razones por las que faltar a clase no es una opción. Primero, ya estoy despierta. Pero aún no te has bañado. Segundo, falté el jueves. No ir no hace daño. TERCERO, mi mamá me obligará a ir. Bueno, bueno, no te exaltes.

Una vez en la ducha y mientras produzco espuma con el jabón, maldigo a mis antepasados por otorgarme tan poco cerebro. Es que aún no me explico cómo coño se me ocurrió coger esa clase a las seis de la mañana si en tres años nunca había despertado antes de las ocho. Nop. Sigo sin explicarlo. Silencio mis divagaciones con el ruido del agua al caer y de paso termino de despertarme del todo.

Totalmente bañada y mirándome (o no mucho) al espejo, me cepillo los dientes mientras cuento cuantos puntos negros me han salido desde ayer. Uno, dos, tres, cuatro. Sí, cuatro. Pero no, no vale la pena sacármelos tan temprano. El agua gotea desde mi pelo empapando la alfombra de peluche blanco que mi mamá tanto insiste que usemos después del baño. Nunca entenderé porqué para vestirse sí tiene gusto pero para los accesorios de baño parece con ceguera temporal. Me seco el cabello con la toalla y me envuelvo en ella para salir del baño.

Frente al closet, descarto cuatro camisas y dos pantalones bastante arrugados. No es tan difícil completar el conjunto con los tenis y la chaqueta; el problema llega cuando no encuentro ni una sola media par. Dos sostenes y unos calzones vuelan por el aire junto con la salida de un vestido de baño que ya no me sirve. ¿Dónde carajos estará la otra media? La búsqueda se extiende por el resto del cuarto. Entre la ropa sucia. Nada. Encima del escritorio. Nada. Al lado del televisor. Nada. Debajo de la almohada. Nada. Detrás de la cama. Lotería. Me pongo las medias, los zapatos y tiro el folder y los lapiceros dentro la maleta. La billetera es un caso más delicado porque no sé si compré helado ayer o el domingo. Al final, recuerdo que la dejé en la mochila así que va a parar también en la maleta. El celular y las llaves dentro de los bolsillos del pantalón. Reviso la hora apenas cierro la puerta del cuarto. 5:37 a.m. Todavía hay tiempo para un café.

En la cocina, mi madre habla sobre el almuerzo (aún no hemos desayunado) y pregunta a qué horas volveré. Reniega porque no he comido nada y prometo comprar empanadas y más café apenas salga de clase. La gata llora por un pedazo de carne y entierra sus cuchillas, perdón, sus uñitas en mi pantalón. La tiro de un manotazo mientras mamá dice que es culpa nuestra por mimarla tanto. Yo sólo ruedo los ojos. El último trago de café es el signo de despedida, beso a mi madre y maniobro con la gata y el perro mientras abro la reja. El reloj apunta la hora exacta. 5:45 a.m.

Aún no amanece y el frio se cuela entre la ropa alojándose en los huesos. Un mar de hombres, mujeres y niños camina a mí alrededor esquivando carros y motos que pitan demasiado duro y demasiado temprano. Frente al hospital San Vicente le compro a don Jaime un café que no logro saborear como es debido por culpa de un travesti que me persigue para contarme la historia de unos hongos vaginales que necesita tratar. Le regalo el café porque sinceramente no quiero saber nada de hongos “no contagiosos”.

5:54 a.m.

Ya en los torniquetes de la universidad una pequeña lucha se forma entre mis manos y la billetera que va ganando porque no la encuentro. El folder y un par de libros terminan en el suelo y por allá, en el fondo, la encuentro debajo de unas hojas que no recuerdo estuvieran ahí. Sin dedicarle otro pensamiento a ello me encamino al bloque cuatro, piso tres, aula diez. Reviso el reloj una última vez. 6:07 a.m.

Dentro del aula, tres cuartas partes del tablero ya están llenas de frases, números y fórmulas que, a primera vista, no tienen sentido. La mayoría de mis compañeros ya están allí y no puedo evitar pensar que por más que intente llegar a tiempo es imposible. Cambie la rutina o tome atajos siempre llegaré diez minutos tarde y tendré que dejar una hoja en blanco para desatrasarme.

Definitivamente, debí haber elegido álgebra y trigonometría de las diez.  



“Esa hijueputa plata era mía”, es lo primero que escucho al doblar la esquina de la cuadra de mi casa, son las cinco de la tarde y don Enrique ya está borracho. El balbuceo incoherente de don Manuel, un señor que vive a tres cuadras de mi casa y quien parece estar en el mismo estado que don Enrique, da a entender que también está enojado. ¿Quién con quién? Vaya usted a saber.

He vivido en Prado Centro por los últimos cuatro años y no he presenciado ni una sola tarde en que ambos no estén ebrios, hablando a los gritos de problemas recientes y siempre sentados en la acera de la cuadra, a veces al lado de la tienda de don Amador y la mayor parte del tiempo, debajo del balcón de mi casa.

Ninguno de los dos da indicios de mi presencia cuando me paro al lado de ellos para abrir la puerta de mi casa, es una escena graciosa, don Enrique con su ropa gastada y sucia, las manos arrugadas y temblorosas, gritándole a don Manuel que no se queda atrás con las palabras duras. Por lo general, ambos son relajados, bebiendo de la botella de chirrinchi que sólo les cuesta $900 y que fácilmente les puede durar toda la noche si sólo están ellos dos.

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, Colombia es el doceavo país con mayor consumo de alcohol en América Latina con 6,2 litros anuales por persona y Antioquia, junto con la Costa, son las zonas que lideran el consumo con 8,8 litros per cápita al año. Un promedio de 1,8 en 100 mil muertes al año se debe a enfermedades causadas directamente por el consumo excesivo de alcohol, aunque no se pueden descartar otros incidentes como lesiones por accidentes de tránsito, homicidios y suicidios que pueden ser relacionados con la bebida.

Beber en la vía pública no está prohibido, como tampoco lo es venderles licor a las personas siempre que sean mayores de edad, sin embargo, en algunas ocasiones la policía ha venido a la cuadra y ha hecho ir al grupo que a veces se reúne con don Enrique porque “alteran el orden público”. La única de estas escenas que he presenciado fue a principios de este año, cuando don Enrique y Mario se pusieron a pelear, según los vecinos fue porque Mario, como siempre que yo lo veo, estaba haciendo comentarios grotescos a cuanta muchacha joven pasaba por el lado de ellos. La policía tuvo que separarlos y llevárselos a ambos a la estación. Pero eso no les sirvió de nada porque a los días ya estaban devuelta en el barrio, bebiendo y hablando a gritos.

Son casi las seis cuando salgo de mi casa a sacar a los perros, la discusión parece haberse calmado. Ahora se les ha sumado doña Marta que luce tan frágil que a veces me da susto que se la lleve el viento; con ella esas reuniones suelen aplacarse mucho, justo ahora están hablando de la hija de ella, una treintañera que acaba de perder el trabajo y que ni sabe qué va a hacer para mantener a sus dos hijos, de ocho y doce años, y a la misma Marta, que también vive con ella. “El futuro se nos presenta incierto”, dice ella antes de recibirle una copa de plástico llena con chirrinchi que don Enrique le pasa.

Lo cierto es que la situación de los tres (y también la de quienes a veces se sientan a beber con ellos) es bastante precaria. A don Enrique algunas veces me lo he encontrado durmiendo en las bancas del parque de la esquina, cubierto por una delgada cobija que algún vecino del barrio le ha puesto encima. A él suelen tenerle mucha más compasión que a el resto porque don Enrique es una buena persona, siempre está dispuesto a hacer algún favor, así sea que esté muy borracho; desde subir paquetes pesados a la casa de alguien hasta a ayudar a doña Beatriz a subirse al taxi que le va a llevar a la cita médica del mes. 

Don Manuel trabaja en la cuadra donde antes quedaba la Clínica del Prado y que hoy es la Clínica Vida, una unidad para servicios oncológicos, lleva a los pacientes del taxi a la clínica y viceversa, limpia parabrisas, barre los frentes de algunas casas, le hace mandados a los ancianos que viven en el barrio, trabaja lo que puede para sacar plata para pagar los cinco mil que le cobran por la quedada en una pieza cerca de la estación Prado del Metro, para comprar cualquier pan para comer y, por supuesto, para beber. Don Manuel es de esa clase de personas que no hace algo a menos que se le dé la liga, es educado eso sí, pero para favores es preferible hablar con don Enrique.

Y en esas se pasan la noche, bebiendo y a veces hasta riéndose, hablando de tal o cual vecino, del partido de fútbol del día, de lo que don Manuel escuchó en la radio esa mañana, es difícil seguirle el paso a una conversación tan aleatoria, que pasa de un tema a otro sin aviso, y a la que a veces no se le entiende nada porque, de tan borrachos, ni pueden hablar bien.

A las diez de la noche, más o menos, doña Marta se despide, camina tambaleante y despacio a su casa, después de todo a la mañana siguiente tiene que levantarse a despachar a los nietos para el colegio y a la hija que lo más seguro es que vaya a salir a buscar trabajo. Don Manuel es el que sigue, si a las once no llega al inquilinato donde vive ya no lo dejan entrar y “dormir en la calle es duro”, oigo que le dice a don Enrique, el único que queda y sigue bebiendo y de vez en cuando fumando del paquete de cigarrillos Kent que siempre mantiene en el bolsillo de la camisa, él no tiene qué preocuparse por llegar a una casa.

Don Amador, el dueño de la tienda, una vez me comentó que don Enrique “vivió 25 años en el barrio y hace 12 que bebe, ahora ni siquiera tiene una casa a la que llegar por las noches”; ese tipo de cosas te deja pensando porque ese hombre flaco y desgarbado, siempre dispuesto a ayudar a los vecinos desde que no esté demasiado ebrio, perteneció a un lugar no hace mucho tiempo, y ahora, pasa sus noches tal vez olvidando sus penas con una botella de licor barato y consolándose con la compañía de otros que, como él, ya no tienen nada que perder. 



¿Estuviste tomando limonada antes? No, no me respondas. Tu saliva me la da. Me encanta besarte. ¿Este es cuál? ¿El segundo o tercer beso que te doy? Dios, contigo pierdo el sentido del tiempo y espacio. 

Es difícil creer que ambos estemos acá, compartiendo un acto tan íntimo. Intercambiando alientos, con tus manos encima de mi pecho y las mías sobre tu cintura. Me muero por bajarlas un poco más pero conociéndote como te conozco, probablemente me golpearías y esto acabaría tan pronto como comenzó. No quiero que eso suceda. He estado esperando esto por tanto tiempo que me costaría todo mi control no volver a juntar nuestros cuerpos. 

Me estoy quedando sin oxigeno. Probablemente tu también y por eso te separas tan bruscamente. Tus bonitos ojos siguen cerrados, no pronuncias ni una palabra. Y quiero saber el por qué. 

Silencio. Mucho silencio. Estoy bastante confundido. No sé si te alegras por lo que acaba de suceder o si me odias por forzar, en un principio, ese beso. Puede que haya malinterpretado tus gestos. 

De repente abres tus ojos y por un momento, antes de que los desviaras podría haber jurado que había excitación y confusión en ellos. 

Mi mirada se desliza por tu rostro, buscando tus ojos que se me niegan. Maldita sea, ¡mírame de una puta vez! Grito la orden en mi cabeza tratando de forzarte. Lástima que no me obedezcas. Quisiera tener la capacidad de zambullirme en tu mente para poder saber qué piensas, sientes y quieres. Sé que sería una mierda. Lo que más me gusta de vos es la intriga por tu próximo movimiento. Si yo pudiera meterme en tu mente, lo “nuestro” sería aburrido pero lo anterior no le quita el atractivo a querer poder hacerlo en este instante. 

―Háblame, maldita sea. Dime qué pasa ―camino de un lado a otro. No creo poder estar quieto ahora. Mis pies van de un lugar hacía otro sin que tenga que ordenárselos, parecen con vida propia. Las ventajas de estar tan alterado. 

―No vuelvas a besarme nunca más. Me das asco.

Tu dulce voz es como una puñalada trasera. Qué ironía que lo dijeras cuando te estoy dando la espalda. 

Tardo un par de momentos en tranquilizarme lo suficiente para poder decir algo y cuando lo hago mi voz sale extrañamente fría, consecuencia de haber recubierto mi corazón con tres capas de acero inoxidable, no sea que mis lágrimas, en solitario, pudran el interior. 

―¿Por qué, princesita? ¿Te da miedo el poder que puedo tener sobre ti? 

―Miedo, ¿yo? Estás hablando con la persona equivocada. No te temo y si vuelves a intentar algo parecido a esto yo… tú… 

―Él, ella, nosotros, vosotros, ellos. ¿Se me olvidó algún pronombre? ―Es raro que a veces nuestra mente pueda tomar el mando cuando el corazón se siente muerto. Por ejemplo, no creí que pudiera ironizar esta conversación cuando siento como si un autobús me estuviera aplastando el tórax. 

―Estúpido, no te me vuelvas a acercar o me las vas a pagar. 

―¿Y qué pasaría si eres tú la que se me acerca? ¿También te las voy a pagar? ―estoy más cerca tuyo de lo que recordaba. Mi cerebro me está jugando una muy enorme―. Siempre estás en mi camino. Cada vez que me doy la vuelta puedo verte. ¿Eres consciente de ello o es que tu cuerpo me busca sin que lo quieras? ―más y más cerca. Tanto que estoy a unos centímetros de tocarte―. ¿Es eso ―acerco mi rostro al tuyo―, mi culpa también? 

―Mentira. Yo nunca te buscaría. Suficiente tengo con los mosquitos que me persiguen como para agregar otro a la colección. 

Bang. Golpe duro al centro del hígado. Debería irme, dejarte acá para que sufras como yo lo hago pero no, quiero verte, estar contigo. Tengo esta pequeña ansia de seguirte, quererte junto a mí aunque me rompas un poco más por dentro cada vez que cedo. Soy un masoquista. Justo ahora, me gustan tus réplicas, me hacen sentir vivo, como con fuego corriendo por mis venas. 

―Pobre princesita. Mintiéndote a ti misma. Debería avergonzarte. ¿Tu dulce y linda hermanita no te enseñó que las mentiras son malas? 

―No metas a Lila en esto. ―Sabía que el mencionar a tu hermana te pondría así. Como una fiera con tus ojos reflejando esa sensación líquida que corre por mis venas y que a cada momento me enciende más―. Ella no tiene nada que ver. Esto es entre tú y yo. 

―¿Así que aceptas que algo pasa entre los dos? 

―Sí, claro. Te odio y al parecer te gusto. 

―Se te olvidó mencionar que también te odio y al parecer también te gusto. Ah-ah, no lo niegues. ―Estabas a punto de hacerlo y tal vez, sólo tal vez, pueda destruirme por completo escucharte decir “no es cierto” o alguna mierda así―. Acepta de una jodida vez que te gusto. Te mueres por besarme, por tocarme mil veces. Quieres estar conmigo.

Así como yo contigo. 

―Escúchate, tanto ego me hace preguntarme qué pasaría si te pincho con una aguja. ¿Explotarías o te desinflarías lentamente? ―a medida que estás hablando tu voz adquiere un tono más bajo, seductor. Me haces creer que disfrutarías poniendo en práctica tus palabras. 

Sádica. 

Y yo, masoquista. 

―Te estás yendo por la tangente. ¿Por qué no puedes aceptar que te atraigo? ¿Qué ésta energía brutal que te hace acercarte a mí es algo real? Dime la verdad, ¿quieres intentar algo conmigo? 

Te quedas en silencio mucho tiempo, el suficiente para analizarte. Sé que estás pensado en mandarme a la mierda o tal vez no. Me confundes casi al punto del mareo. Parezco recién salido de un carrusel. 

De repente me ataca la duda, no quiero escuchar tu respuesta si no es un y, francamente, no pareces querer dármelo. Giro hacia la puerta dispuesto a irme porque si no es algo pasional no quiero nada contigo, una amistad no me es suficiente y nunca lo será. 

A un paso de la puerta escucho un murmullo, no entiendo qué dijiste. Me detengo y el silencio se hace más espeso. No voltees, no lo hagas. No, no lo haré. Abro la puerta bruscamente y salgo del cuarto con la sensación de que mi corazón fue arrancado de mi pecho, masticado por un lobo, pisoteado por un tanque y devuelto a mí hecho pedazos sin darme cuenta que tu respuesta había sido un simple “sí”.



Tus mejillas ruborizadas me indican algo que no logro identificar. Tus ojos me dan la respuesta.


Eres perversa. Y eso me encanta.

Mis ojos tratan de memorizar tu rostro. Cejas delgadas que en este momento están arqueadas, no sé si es la luz pero parecen doradas. Tus pestañas color caramelo están tratando de esconder tus asombrosos ojos verdes moteados con dorado brillante. La curva sensual de tus labios. Plenos, llenos y deseables. Comestibles.

Acerco mi cara a la tuya. Me rehúyes. Puedo verlo, quieres jugar.

Sujeto tu rostro entre mis manos.

No te resistes.

Tu respiración se acelera. La siento en mi rostro.

Quiero besarte desesperadamente hasta que olvides dónde estás parada. Pero no a mí. Nunca a mí.

En cuanto tus labios tocan los míos, me derrito. Eres fuego puro. Es sólo un roce que me deja con ganas de más. Delineo tus labios con mi lengua. Sabes a limón. Tus ojos se cierran y abres la boca. Aprovecho y me introduzco en ti, probando cada recoveco, provocándote para que salgas a jugar. Nuestra saliva se mezcla y tímidamente rozas tu lengua contra la mía.

Es el cielo. O el lugar más cercano al paraíso.

El beso se vuelve frenético, hambriento. Mis manos abandonan tu rostro, resbalando por tu cuerpo. Eres deliciosa. Quiero tener tu boca sólo para mí. Nuestras lenguas bailan una danza sensual. Suave y excitante. Dios, cómo pude haberme perdido esto.

Los franceses llaman al orgasmo “le petite morte.”  Probar tu boca es una pequeña muerte. Imagínate cuál será el nombre para lo primero.